miércoles, 10 de febrero de 2016

Incluso la muerte tarda

Así se titula el último poemario del barcelonés Jordi Virallonga, uno de los miembros de la "segunda escuela de Barcelona", en la que también militan, entre otros, Sergio Gaspar, Ramón Andrés, José Ángel Cilleruelo y José María Micó. Incluso la muerte tarda ha ganado el Premio de Poesía Hermanos Argensola 2015, un veterano galardón poético que durante mucho tiempo publicó DVD ediciones y que hoy asume la ubicua Visor. Llevaba Virallonga mucho tiempo sin publicar —desde Poemas de Turín, aparecido en 2004— y se agradece volver a tener la oportunidad de leerlo. Además, cuando ha regresado a la actualidad poética, lo ha hecho por partida doble: también ha publicado Amor de fet [Amor de hecho], su primer poemario en catalán, fruto asimismo de un premio, el Màrius Torres (que muchos han considerado el regreso del hijo pródigo al hogar del que nunca debió haber salido). Hasta ahora, Jordi Virallonga era conocido, en el ámbito de la poesía en catalán, como antólogo y traductor: Sol de sal, por ejemplo, publicada por DVD ediciones en 2003, es uno de los mejores compendios bilingües de poetas en lengua catalana del último cuarto de siglo. Su incorporación como autor a esta literatura demuestra su vitalidad creadora, su inquietud lingüística y su porosidad cultural. Incluso la muerte tarda cuenta con un breve prólogo de Juan Gelman, titulado "Empobrecer la lengua para reinventarla", del que discrepo: no creo que Jordi Virallonga empobrezca la lengua, ni quisiera con el loable propósito, como sostiene el maestro Gelman, de hacer que renazca. Creo, por el contrario, que en este poemario da un paso adelante en su concepción y uso del idioma, y vuelve su expresión más compleja, más torturada, si se quiere. Virallonga proviene de un figurativismo teñido de espantos íntimos y auscultaciones sociales, algo visible también en este libro. Los que lo hemos leído hasta hoy sabemos de su gusto por las fórmulas coloquiales, dotadas de una inmediatez dolorosa, de un despojamiento arrebatado, que se ofrece, a veces, a puñetazos. En Incluso la muerte tarda, en cambio, sin renunciar a una dicción narrativa y hospitalaria, se dicen cosas como esta: "No quiero hablar de ti porque te llevo / en esta niña que soy yo cuando fui tuyo, / que te haría ser más joven, menos muerta, / no esta ruina permanente sin columnas / que no acaba de asolar la tempestad, / esta última sed, la vencida inmensidad del abandono". De Jordi Virallonga me ha interesado siempre —y también en Incluso la muerte tarda, pese a sus novedosas revueltas sintácticas— la naturalidad del verso, la fluidez con que la palabra más anodina, y hasta la más vulgar, se llena de sentido poético. El discurso hablado aparece en los poemas de Virallonga con una entereza y una incivisividad de las que carecía antes de volcarse en ellos, gracias a sutilísimas transformaciones lingüísticas y a un arsenal retórico tan extenso como discreto. Me gustan, en particular, cierto sentido del humor del que el poeta, sabiamente, no se desprende jamás, así hable de las coyunturas más penosas del individuo o la sociedad actuales, y la ira impasible a la que no pocas veces se entrega: "soy un tipo vulgar que trabaja por un sueldo, / pero ellos sí saben quiénes son, / y que a los hijos de los perros, / si son hombres, / se les llama hijos de puta", escribe en "Analogía entre hombres y perros". Todo en Incluso la muerte tarda y, en general, en toda la poesía de Jordi Virallonga, trasmina un aire machadiano, esto es, una inclinación moral, un aliento transparente y una templanza enardecida. Los temas de Incluso la muerte tarda abundan en los conflictos del hombre y la sociedad contemporáneos, con una activa preocupación por los pobres y los oprimidos. Pero, junto a una mirada crítica, en la estela de la actual rebelión contra un poder esclerotizado pero todavía dañino, el poemario incorpora asimismo un caudalosa veta reflexiva, melancólica, que atiende al amor y a la pérdida, al yo resquebrajado, a los rincones en penumbra —o en oscuridad total— de la conciencia. Incluso la muerte tarda se concibe como un viaje, al modo homérico —las dos partes en que se divide se titulan "A propósito de Ulises" y "Los mercaderes de Ítaca"—, igual que el viaje de la vida. Sobre este trasfondo helénico, advertimos un libro muy mexicano: en los epígrafes y dedicatorias menudean los autores aztecas: José Gorostiza, Rosario Castellanos, Manuel Maples, Xavier Villaurrutia, Efraín Huerta, José Ángel Leyva, etc. En Incluso la muerte tarda brilla una cólera sosegada: nada se desmanda. La incomodidad que trasluce con el mundo y sus mecanismos de poder no se plasma en poemas gesticulantes, ni en chirridos endecasilábicos, ni mucho menos en "tarascadas de bruto cargado de razón", como dijo memorablemente Juan de Mairena y recoge Virallonga en uno de los epígrafes del libro, sino en un verso que fluye como un río, con espumas y gran acopio de limos, con ocasionales encrespamienos y meandros arremansados, pero siempre absorto en su corriente y su destino: resucitar una palabra que sirva para denunciar las flaquezas y esperanzas del hombre.

Hay muchos buenos poemas en Incluso la muerte tarda, y algunos excelentes, como "Profesionales de la pobreza", "Loa a los sinceros", "Normas de la organización", "Fidelidad" o "Recto gobierno progresista". Transcribo el primero:

Me pregunto,
los pobres de hoy, no aquellos
con los que lucharon algunos
de nuestros padres y recibieron a cambio
desdén o muerte, los pobres de hoy,
los que ya no son los sujetos de la historia,
los que nunca supieron
qué era esto del sujeto de la historia,
los que saben muy poco
y no les gusta que otro sepa
o que hable dos lenguas,
los profesionales de la pobreza, digo,
no los obreros que perdieron su trabajo,
los locos o los minusválidos,
los pobres que ya no son una clase
sino una estirpe que sigue viviendo a sueldo
de la inmovilidad y de la paz burguesa,
los que no pagan escuela, hospital
ni impuestos, los pobres
a quienes lo que más les interesa
es su dinero, lo mismo que a los ricos,
los que nunca creyeron necesario emprender
ni trabajar demasiado, que todo era inmutable,
los que cada vez menos mansos y humildes
están hoy inquietos, miran a los lados con rabia,
acusan a quienes dejaron de saciarles,
se cagan tanto en dios, esos pobres, me pregunto,
¿son los bienaventurados que hace lustros y lustros
admiran al millonario, al hijo pródigo
y mejor o peor siguen heredando la tierra?

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