miércoles, 25 de junio de 2014

La ingenuidad de José Kozer

Recuerdo a José Kozer de una visita a Barcelona. Han pasado muchos años ya -debía de ser el 2000 o 2001-, pero su imagen sigue viva en mi memoria. Leía poemas en el Pati Llimona, uno de esos palacetes municipales que le sirven al ayuntamiento para hacernos creer que le importa la cultura. Resulta que un libro suyo, Dípticos, había inaugurado una nueva colección de poesía, la de Bartleby Editores, cuyo segundo volumen había sido mi El corazón, la nada. Aquella cercanía me había llevado a leerlo, con sorpresa primero, casi con pasmo, y con devoción después. Me gustaron los poemas que recitó -aunque su impacto en nuestra sensibilidad siempre es distinto del que produce la lectura en silencio-, pero, sobre todo, no he olvidado algo que dijo entre uno y otro, en passant: "Ahora que tengo, como en un sueño, sesenta años...". Como en un sueño, sí: hoy, cuando soy yo el que ha cumplido cincuenta, entiendo esa fugacidad de la que hablaba el cubano: cinco décadas, seis décadas, evaporadas; pronto, la vida entera. Y todo parece, en efecto, un sueño. También recuerdo, de aquel encuentro, algo que le dijo, con mucho desparpajo, una poeta al acabar la lectura: "Yo también soy poeta". Y yo, que esperaba en la fila para saludarlo, como ella, y hacer que me firmara alguno de sus libros, me quedé asombrado por aquella equiparación: cuánto engreimiento hacía falta para formularla. Que aquella mujer se situara a la altura de Kozer era como si Stephen Hawking le dijera a Messi: "Yo también soy futbolista" (o Stephen Hawking a Messi: "Yo también soy astrofísico"). Tras la lectura, estuve charlando un rato con Kozer y con su mujer, Guadalupe, que me parecieron de trato franco, muy cordiales. Luego, durante algunos años, mantuve el contacto con el poeta, cuyas cartas -entonces aún no había correo electrónico- eran puntuales y cumplidísimas. Recuerdo también que en una me confesó que había dejado de cartearse con Antonio Gamoneda, porque su caligrafía rúnica se le hacía imposible de entender. Lo comprendí: leer la correspondencia de Antonio, o cualquier manuscrito suyo, constituye un doloroso ejercicio de descriframiento, que no siempre se culmina con éxito. Tras un tiempo, la comunicación se espació y, por fin, concluyó, como sucede tantas veces a lo largo de la vida, incluso con gente que ha sido muy cercana: la distancia tiene una extraordinaria fuerza separadora, aunque no afecte a lo esencial: a los sentimientos. Yo he seguido leyendo a Kozer con fidelidad y admiración, y no me ha sido difícil hacerlo, porque pertenece, como Juan Ramón Jiménez, como Manuel Álvarez Ortega, a esa rara estirpe de poetas para los que componer poemas es una actividad diaria, central, constante, consuetudinaria, como comer o dormir; una actividad que justifica la existencia, y que le da continuidad. Desde Dípticos, el libro gracias al cual lo conocí, Kozer ha publicado más de una veintena de poemarios. Da ahora a conocer Naïf, en la joven y novedosa editorial El Sastre de Apollinaire. La poesía de José Kozer se considera neobarroca, aunque sería más exacto calificarla de barroco filtrado por la vanguardia o, mejor todavía, de conceptismo filtrado por el expresionismo. Sus dos padrinos, según ha puntualizado el poeta, son San Juan de la Cruz y Ludwig Wittgenstein. Sus versos son aluviales y rizomáticos: «Las florestas de la palabra se han hinchado», ha escrito. Y no es casual esta metáfora botánica: su obra, y también este Naïf, está plagada de árboles y plantas; en general, de cosas materiales y cromáticas: flores, frutos, animales, joyas. Sus poemas desprenden una luz selvática, como si el sol se hubiera astillado por entre las hojas-palabra. La presencia de Cuba es palpable: en la exuberancia léxica, de corte lezamiano (parafraseando a Severo Sarduy, Kozer es a Lezama lo que Lezama es a Góngora lo que Góngora es a Dios), en la sonoridad y sensualidad de los referentes, en la profusión de cubanismos. Y también en la evocación de la familia del poeta, que le proporciona un copioso arsenal de motivos líricos. Kozer recuerda con frecuencia a su padre, que era judío, inmigrante y sastre –como el de los hermanos Marx–, y a su abuelo y su mundo hebraico: sus textos devienen «conglomerados de expresiones de mi infancia». También Guadalupe goza de una presencia constante en sus poemas, pero nunca idealizada, sino pegada a la realidad, expuesta en sus actos más nimios, más íntimos: «Voy a contabilizar las meadas de Guadalupe.// Cada vez que se siente a orinar en la taza del/ inodoro voy a poner/ una flor verde en el/ búcaro de la sala.// Una media de doce veces, pongamos, que/ orine: un ramillete/ de flores variado». (Como todo buen poeta, Kozer no teme la vulgaridad: la vulgaridad, incluso lo soez, es otro recurso poético, u otro desafío). Guadalupe no es Laura ni Beatriz, pero no representa menos a la amada que ellas. Estos hechos biográficos, cotidianos, se expanden en inacabables bucles verbales: de pequeñas cosas, de lugares insignificantes -moscas, sillas, flores, manzanas-, Kozer compone vastos poemas. En general, las cláusulas de sus versos se acoplan como vagones de un solo tren elocutivo, que avanza sin detenerse, entre bufidos silábicos y rechinar de paréntesis. Los poemas de Kozer nunca se sabe cómo operan ni qué pretenden: atendemos a ellos como a una enramada que crece o a un ciempiés que serpentea entre la grama. Su glosolalia es, en realidad, un grifo verbal, cuya abertura, no obstante, alberga un propósito: el de transformar en lenguaje los procesos interiores de captación e interpretación de la realidad. Como ha observado Reynaldo Jiménez, su «inconfundible sintaxis capta (…) los facetados procesos de transmutación de lo percibido», y las composiciones de Kozer documentan «una maraña de pensamientos intermitentes». Su desafío estriba en darles consistencia sin reducir su culebreo de cosa viva y naciente: «mi solaz son mis poemas (mi verdadero simulacro). Correr estilizado de unas palabras a la deriva (la poesía): las ajusto a medida que brotan», ha escrito Kozer. Hay, pues, un flujo incontrolado, en el que la palabra impone su derrota, y una intervención a posteriori: un acto de fijación tenue, en busca del sentido –de algún sentido–, tras la epifanía del sonido. Ello supone un reblandecimiento, una fluidificación sintáctica: el fraseo pierde toda arista; la articulación del discurso se gelatiniza, martirizada por constantes entrecruzamientos. La mezcolanza anticlimática llega a tal punto que, a veces, la turbamulta sincopada de oraciones impide la comprensión, pero eso no resta plausibilidad lírica a lo dicho. Las palabras burbujean, se multiplican, vinculadas por ecos y crepitaciones, por parentescos subyacentes. Kozer va de una cosa a otra, o, mejor, permite que el lenguaje vaya de una cosa a otra. Con ello no pretende subvertir la lógica, sino desvelarla; tampoco quiere destruir la realidad, sino afianzarla, pero afianzarla en su hacerse: en el proceso poliédrico, desmadejado, con el que la construimos. A esta voluntad realista obedecen algunos de los recursos más llamativos de la poesía de Kozer, como los incisos, con los que entreteje y amplía las líneas perceptivas, las voces poéticas y las narraciones, y, sobre todo, refleja la constante fluctuación del pensamiento, su errática y simultánea aprehensión de estímulos e informaciones diversas. Otras veces, Kozer interrumpe su discurso insertando versos brevísimos en largos bloques versiculares, o construye el poema con frases muy cortas, casi telegráficas, apiladas como los cascotes de una escombrera. También los signos de puntuación intersecan el flujo discursivo: aparecen donde no deben y no están donde deberían. Y en las repeticiones o insistencias, a las que se entrega Kozer con frecuencia, como si fueran variaciones de un mismo tema, hay mucho de obsesivo: una obsesión a la vez edificante y demoledora; una obsesión que alumbra alegatos, que son, en realidad, balbuceos; una obsesión que da cuenta de nuestro frenesí y nuestro caos. Por obra de una de esas obsesiones, en Naïf todos los poemas se titulan "Naïf". Y así empieza uno de ellos:

Me propuse comer una manzana.

Acercar una mano a la manzana colma de
          sombras la
          habitación.

Un frutero la asunción del gusano en la
          pulpa el detonar
          de unas semillas,
          quizás la irrefutable
          redondez de todas
          las cosas: un exceso
          de sombras para la
          mano.

Imposible ingerir la manzana de dentro para
          afuera, no soy gusano,
          no estoy muerto: habrá
          que comérsela en una
          sola dirección; la del
          milano cuando se
          abalanza o la de la
          astilla cuando se
          separa del árbol.

¿Acerco la boca a la manzana o me la llevo a
          la boca con todo
          su color, su peso
          y su forma?
          ¿Fauces si me
          acerco a morderla?
          ¿Enormidad de la
          forma con su peso
          y color si pretendo
          llevármela a la boca?
          Tan solo de pensarlo
          me erizo.

¿Un mordisco? Se me ponen las carnes de gallina...

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