lunes, 25 de noviembre de 2013

Las formas disconformes

Hace cuatro días, cuando estábamos haciendo la mudanza, me llegó un último libro de España: Las formas disconformes. Lecturas de poesía hispánica, de Jordi Doce, publicado por Libros de la Resistencia, una colección reciente de ensayo, dirigida por Juan Soros. Y me infundió un sentimiento extraño que llegara a mis manos aquel paquete, con un libro dentro, cuando ya las tenía llenas de muchos otros paquetes, con calzoncillos, cacerolas, edredones, paraguas, jarrones y muchos más libros. Fue una metáfora, quizá, de la elevación que puede suponer la literatura en el tráfago de la cotidianidad: una forma de sublimación o resarcimiento, más punzante todavía cuando la cotidianidad nos aplasta -como en aquellos momentos- o nos envilece. Cabe aplaudir, antes que esta última entrega de Jordi, el nombre, y sobre todo el espíritu, de la colección en la que ha visto la luz. Escribir ensayo literario en España supone una temeridad, y aún más publicarlo. Pero que exista es vital para la salud de la literatura: es un indicador de la vitalidad del pensamiento creador y una forma de desatascar los a veces oscuros, o encenagados, canales por los que circulan las obras literarias. Y también, cuando está bien escrito, como en este caso, otra encarnación de la literatura, tan radical y tan exacta y tan fantástica como un tratado matemático o un relato de ficción. Acabo de decir que Las formas disconformes está bien escrito, pero es más que eso. Un informe de auditoría puede estar bien escrito; un poema puede estar bien escrito; hasta el discurso que le han escrito a un político puede estar bien escrito. Lo que ha publicado Jordi Doce es un ejercicio de inteligencia dicha, es la expresión, fluida y minuciosa, de un pensamiento que se acomoda primero a la materia analizada, y que se extiende, después, como si desplegara las alas, en el espacio hospitalario de la página. Jordi Doce es un excelente poeta, pero también un extraordinario prosista. En realidad, Jordi es un hombre de letras con todas las letras: también es un magnífico traductor -le debemos versiones inmejorables de Thomas de Quincey, T. S Eliot, W. H. Auden, William Blake, Paul Auster y Charles Simic, entre otros-, un aforista diligente -aunque él se empeñe en confinar en el género del aforismo un libro como Perros en la playa, publicado en 2011, que es, en mi opinión, un poemario caótico y bestial- y un gestor editorial tan generoso como dinámico: ha coordinado las ediciones del Círculo de Bellas Artes de Madrid durante muchos años, y actualmente es el responsable de la oficina en España de la editorial Vaso Roto, una de las mejores del panorama poético español. En Las formas disconformes reúne un conjunto de artículos y ensayos sobre literatura publicados entre 2000 y 2013. Sus intereses lo abarcan casi todo, en el ámbito de la literatura en español del s. XX: los clásicos contemporáneos -Aleixandre, Alberti-, los escritores secretos o tan minoritarios que casi son secretos -Julio Torri, Circe Maia, Luis Feria-, los vanguardistas irredentos -José Miguel Ullán, Eduardo Scala, Pedro Casariego Córdoba-, los grandes referentes literarios -Paz, Valente-, algunos de los mejores poetas españoles de la actualidad -Antonio Gamoneda, Juan Malpartida, Álvaro Valverde, Juan Carlos Mestre-, poetisas jóvenes de gran proyección -Marta Agudo, Esther Ramón, Julieta Valero- y, en fin, creadores anómalos, singulares, como el gran Orlando González Esteva, cuyo libro Los ojos Adán, reseñado en "El mundo en bandeja", es uno de los más deliciosos que se han publicado en la última década a uno u otro lado del Atlántico. Jordi Doce ha demostrado interés, asimismo -y esto no es frecuente entre los ensayistas españoles-, por la poesía escrita por catalanes, tanto en catalán -Josep Palau i Fabre, Albert Ràfols-Casamada; también ha traducido a Joan-Elies Adell- como en castellano -Juan Antonio Masoliver Ródenas-, así como por los problemas de la traducción y el mundo de la pintura. Y todo ello, repito, con una prosa que incorpora dos de las características más difíciles de reunir en la prosa ensayística: incisividad y elegancia. A ambas contribuyen una dilatada experiencia lectura y una constante reflexión sobre lo leído, algo que suele faltar en los críticos, siempre dispuestos a esbozar impresiones avuelapluma, sin el poso de la exactitud y la distancia. Pero la elegancia no es solo un rasgo del estilo -ese que nos permite navegar sin entorpecimientos por lo dicho, que nos lleva, sin fracturas ni pérdidas de presión, de un razonamiento a otro, que nos mantiene siempre en equilibrio, más aún, en vuelo-, sino, sobre todo, un valor moral: quien se expresa con pulcritud y vigor, quien no dice por decir, sino porque ha decantado algo que cree enriquecedor compartir, acaba abrazando a las cosas con pulcritud y vigor: sin dañarlas, sin someterlas a interpretaciones espurias, sin sojuzgarlas ni maltratarlas. Escribir con decencia es tratar decentemente a nuestros semejantes, nos lean o no. Decir bien el mundo es estar bien en el mundo, o luchar por estarlo. 

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